Realidades Que Parecen Cuentos

 

En este mundo natural que Dios hizo para la felicidad y alegría tuyas y mías  hay innumerables ejemplos de sucesos maravillosos que no solamente demuestran la sabiduría, la providencia y el amor de Dios hacia ti y tus semejantes, sino que también sugieren principios de ética y comportamiento moral que Él pone a tu alcance y a la disposición de tus semejantes que, si quieren, pueden poner en práctica en la vida diaria para la salud, el sosiego, la paz, el progreso y la felicidad tuyas y de todos los que habitan en este globo terrestre. Digo si quieren, pues todo aquel que no quiera hacerlo puede seguir siendo como es, pero tendrá que atenerse a las consecuencias adversas que sus malos pensamientos, intenciones y hechos en relación consigo mismos, con sus seres queridos, con los demás y con su medio ambiente, le produzcan.  Reflexiona sobre estas dos historias que tienen una moraleja fundamental para la salud del alma:

 

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El Gusano y la Serpiente Jardinera

 

 

Un gusano estaba plácidamente mascando una hoja de una planta en un jardín. A unos pies de distancia, una serpiente jardinera estaba felizmente enrollada encima de unas hojas secas, disfrutando de la fresca brisa a la sombra de un árbol.

 

Moviendo rápidamente su lengua bifurcada de un lado a otro de su boca, examinando su espacio en caso de que pudiera haber algún peligro para ella en su alrededor y a la misma vez espiando por si acaso hubiera alguna presa cercana que ella pudiera atrapar, le habló al gusano de la siguiente manera:

 

–¡Oye, tú, gusano feo! ¿No te da vergüenza ser tan feote?

 

El gusano no le replicó sino que continuó mascando y mascando su hoja. No se molestó ni tan siquiera en mirarla.

 

La serpiente jardinera permaneció en calma, pero le dijo: –¡Préstame atención, tú glotón horrible. ¿No te da envidia ver lo bella que yo soy? ¡Observa mi piel suave y tersa, y mis curvas! ¿No es esto algo de sentirse uno orgullosa?

 

El gusano se limitó a susurrar: –¡Hum! Y continuó mascando y mascando su hoja sin tan siquiera levantar su cabeza para mirar a la serpiente.

 

La serpiente se sintió un poco molesta con la actitud del gusano, pero permaneció en calma y le dijo: –Tú no eres solamente repugnante y deformado, sino que también eres dañino a la agricultura. Tú no haces otra cosa sino comerte las hojas de las plantas y de los árboles del jardín. Yo soy mejor que tú. Ayudo a los jardineros. Me como las sabandijas que invaden el jardín.

 

De nuevo, el gusano no se molestó en mirarla, sino que sencillamente murmuró: –¡Anjá!

 

Unos días más tarde, el gusano se trepó a un árbol, hizo un capullo de seda, se envolvió en él y permaneció allí por varios días.

 

La culebra no tenía la más leve idea de lo que el gusano estaba haciendo, pero comentó: –¡Mira para allá al gusano vago, que no sirve para nada!  ¡Ya que se llenó la barriga, coge unas buenas vacaciones para dormir todo el día sin fin, mientras yo tengo que continuar limpiando el jardín de las sabandijas molestosas! Habiendo dicho esto, continuó observando con interés el capullo, pero no sucedió nada durante varios días más.

 

Entonces, un día, mientras sujetaba a un ratón que acababa de atrapar, la serpiente vio que el capullo de seda se movía. Al poco rato hubo una pequeña abertura en un lado del capullo. ¡Despacio, pero perseverantemente, una preciosa mariposa emergió del capullo! La sorpresa dejó turulata a la serpiente. Ésta se quedó boquiabierta. El ratón se cayó al suelo, y se escabulló precipitadamente hasta que desapareció. La serpiente estaba fascinada con los colores espectaculares de la mariposa y sus encantadores movimientos mientras se movía delicadamente de flor en flor.

 

Entonces, con admiración sincera, la serpiente exclamó: –¡¿Qué pasó?! ¡¿Tú eres el mismo gusano que entró en el capullo de seda?!

 

En la más amigable y amorosa voz que te puedas imaginar, la mariposa habló por primera vez para decirle a la serpiente: –Bueno, yo tengo que contestar tu pregunta con un sí y un no. Si, yo entré en el capullo como un feo gusano y emergí como la mariposa que ahora ves. Por lo tanto, soy el mismo gusano, pero ahora tengo una vida nueva. Solamente Dios sabe como sucedió esta transformación.

 

–Cuando yo era un gusano, mi estilo de vida era detestable. No hacía nada sino comer, y era dañino a la agricultura. Todo el mundo me odiaba. Pero desde que me transformé, mi estilo de vida ha cambiado completamente. Ahora, en vez de dañino, yo soy servicial a la agricultura y a la comunidad jardinera. Yo llevo el polen de una flor a otra en cada planta y árbol del jardín. De esta manera ayudo a los árboles frutales a producir frutas y a las plantas florales a producir más flores. Además, con mis colores, deleito a todo el que me mira. Ahora todo el mundo me quiere. Soy muy feliz y también hago feliz a los demás.

 

–Por lo tanto, date cuenta, mi querida colaboradora en el jardín, si un feo gusano puede convertirse en una esplendorosa mariposa, cualquiera en este mundo puede convertirse en una bella y servicial persona en la sociedad, no importa lo fea o feo que ella o él puedan ser y no importa lo bajo que puedan haber caído en la vida.

 

La serpiente le dio dos o tres vueltas a su lengua bifurcada y dijo: ¡Caramba, tienes razón, mi amiga, tienes mucha razón!

 

Aquí termina la historia del gusano y la serpiente jardinera, pero cada día millones y millones de gusanos feotes continúan convirtiéndose en mariposas, al igual que millones de personas continúan usando el poder que Dios les da para convertirse en personas buenas.

 

¿Qué les pasa a los que rehúsan convertirse en personas buenas? Mira a tu alrededor y encontrarás la respuesta.

El Huevo Vacío

 

Por el correo electrónico recibí la historia de Jeremías, un niñito que nació físicamente lisiado y mentalmente retardado. A los doce años de edad todavía estaba en el segundo grado de escuela elemental y estaba aparentemente incapacitado para aprender. Su maestra, Doris Millar, frecuentemente se impacientaba con él. El se retorcía en su asiento, se babeaba y hacia ruidos hablando entre dientes. Otras veces hablaba claramente y distintamente, como si un rayo de luz hubiera penetrado la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo, sin embargo, Jeremías simplemente irritaba a la maestra.

 

Un día ella llamó al papá y la mamá de Jeremías y les pidió que se reunieran con ella para una consulta. Mientras los Forestier entraban al salón vacío, Doris les dijo: –Jeremías realmente pertenece a una escuela especial. No es justo para él estar con niños más jóvenes que no tienen problemas de aprendizaje. Realmente hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros estudiantes.

 

La señora Forestier lloró silenciosamente, enjugándose las lágrimas en un papel de seda, mientras su esposo hablaba. –Señorita Millar, dijo él –no hay una escuela de esa clase cerca de aquí. Sería una aflicción terrible para Jeremías si lo sacáramos de esta escuela. Nosotros sabemos que a él le gusta mucho esta escuela.

 

Después que ellos se fueron, Doris se quedó pensativa, sentada por largo rato mirando fijamente  la nieve fuera de la ventana. La frialdad de ésta parecía infiltrarse dentro del alma de ella. Ella quería simpatizar con los Forestier. Después de todo, el único hijo de ellos tenía una enfermedad incurable. Pero no era justo mantenerlo en la clase de ella. Ella tenía 18 otros jovencitos a quienes educar, y Jeremías era una distracción. Además, él nunca podría aprender a leer y escribir. ¿Por qué perder más tiempo tratando?

 

Mientras ella ponderaba la situación, la empapó el sentimiento de culpa. –Aquí estoy yo quejándome— pensó ella, –cuando mis problemas no son nada comparados con el de esa pobre familia. ¡Dios mío, por favor, ayúdame a ser más paciente con Jeremías! Desde entonces, ella trató con ahínco de ignorar los ruidos y las miradas inexpresivas de Jeremías.

 

Entonces, un día él, cojeando, se acercó al escritorio de ella, arrastrando detrás su pierna mala. –Yo la amo, Señorita Millar—exclamó él lo suficientemente fuerte para que la clase completa lo oyera. Los demás estudiantes se rieron tontamente y el rostro de Doris se enrojeció. Ella tartamudeó: –M… Me alegro, Jeremías, es muy agradable lo que me dices. Gracias … A… Ahora, por favor, toma tu asiento.

 

La primavera llegó y los niños estaban muy excitados acerca del Día de la Resurrección  que se aproximaba. Doris les contó la historia de Jesús y, entonces, para enfatizar la idea de una vida nueva que brotaba, le dio a cada uno de los niños un huevo plástico grande.

 

–Ahora—les dijo, –Quiero que se lleven ese huevo para sus casas y lo traigan mañana con algo adentro que demuestre una vida nueva. ¿Me entienden? –Sí, Señorita Millar–, los niños respondieron entusiasmadamente; todos, excepto Jeremías. Él escuchó pensativamente; sin dejar de mirarle el rostro. Él ni tan siquiera hizo sus ruidos habituales.

 

–¿Habrá entendido lo que dije acerca de la muerte y resurrección de Jesucristo? ¿Habrá entendido la tarea?– se preguntaba ella para sí misma. Tal vez yo deba llamar a su papá y su mamá para explicarles el proyecto a ellos– pensó.

 

Ese día al anochecer, el drenaje del fregadero de Doris se obstruyó; tuvo que llamar al plomero para que lo destapara, y esperar una hora a que él llegara. Después de eso tuvo que salir a comprar comestibles, planchar una blusa, y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente. Se le olvidó por completo llamar al papá y la mamá de Jeremías.

 

A la mañana siguiente, 19 niños vinieron a la escuela, riéndose y hablando a medida que colocaban sus huevos en la canasta grande de mimbre que estaba en el escritorio de la Señorita Millar. Después que completaron su lección de matemáticas, era tiempo de abrir los huevos.

 

En el primer huevo, Doris encontró una flor. –Oh sí, una flor es ciertamente señal de vida nueva,– dijo ella. –Cuando una planta  se asoma a través de la tierra, sabemos que la primavera ha llegado. Una niñita en la primera fila levantó su mano. –Ese es mi huevo, señorita Millar—anunció ella.

 

El próximo huevo contenía una mariposa plástica, que parecía muy real. Doris la sostuvo en alto para mostrársela a los niños. –Todos sabemos que los gusanos cambian y se convierten en mariposas bellas; pues bien, eso también es una vida nueva. La pequeñita Judy sonrió orgullosa y dijo: –Señorita Millar, ese es mío.

 

Luego Doris encontró una roca con musgo pegado a ella. Le explicó a la clase que eso también demostraba vida. Billy habló desde el fondo del salón: –Mi papá me ayudó a buscarla—, sonrió él, de oreja a oreja.

 

Entonces Doris abrió el cuarto huevo… lanzó un grito apagado… ¡El huevo estaba vacío! –Seguramente debe ser el huevo de Jeremías, –pensó; –y, por supuesto, no debe haber entendido las instrucciones. Si a mí no se me hubiera olvidado telefonear a su papá y su mamá… Como no quería avergonzarlo, ella quietamente puso el huevo hacia un lado y sacó otro de la canasta. Súbitamente, Jeremías elevó su voz. –¿Señorita Millar, no va usted a hablar de mi huevo? Nerviosa, Doris le contestó: –¡Pero Jeremías, tú huevo está vacío!

 

Él la miró fijamente  en los ojos, y dijo suavemente: –Sí, pero es que la tumba de Jesús también estaba vacía.

 

El tiempo se detuvo… Cuando ella pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó: –¿Y tú sabes por qué la tumba estaba vacía? –Oh sí, le contestó Jeremías; A Jesús lo mataron y lo pusieron allí. Entonces su papá lo levantó.

 

La campana del recreo sonó. Mientras los niños llenos de alegría corrían hacia el patio de la escuela, Doris lloró…. La frialdad que había dentro de ella se derritió por completo.

 

Tres meses más tarde, Jeremías murió. Todos los que fueron a la casa mortuoria para rendirle sus últimos respetos se sorprendieron al ver 19 huevos sobre el ataúd; todos vacíos.

 

¿Cuántos hay a tu alrededor que puedan estar físicamente discapacitados, pero cuyas almas estén completamente saludables y vigorosas?

 

 

Si estas historias han sido de algún beneficio para tu alma, pásalas adelante; deja que otros sientan en sus corazones el calor del amor y la gracia de Dios que todos podemos recibir por medio de Jesucristo, nuestro Redentor y único Libertador.

 

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