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CUENTOS QUE ILUSTRAN REALIDADES DE LA VIDA – EL AMOR VERDADERO |
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A través de los siglos se han producido, y continúan produciéndose en la naturaleza y en otros medios de la existencia, innumerables obras de todo tipo que ilustran y describen las realidades de la vida que no se ven ni se perciben mediante los sentidos corporales, pero que, con los hechos, demuestran vivencialmente que son parte de los instrumentos que Dios usa para que el ser humano entienda su revelación.
Un gran cuentista francés[1] de la ultima parte del siglo 19, por ejemplo, cuyo estilo de vida personal no se caracterizaba por la castidad ni la fidelidad conyugal, ni su conducta personal era el mejor ejemplo a seguir por la juventud que deseaba aprender a vivir felizmente frente a los problemas y dificultades que la vida cotidiana presenta; pero que fue célebre por la claridad y simplicidad de su estilo y por su poderosa facultad de observación, relata cómo el amor genuino[2] se le manifestó desde el cielo, de una manera parecida a como la cruz se les apareció a los cristianos primitivos. |
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Él dice que nació con todos los instintos y sentimientos del hombre primitivo, suavizados por los argumentos y las limitaciones de un ser civilizado. Dice además que era apasionadamente amante a la caza, pero que ver al animal herido, a la sangre en sus plumas y en las manos de él, le afectaba el corazón de tal manera que casi lo hacía detenerse.
Un día, siendo jovencito, uno de sus primos lo invitó a que le acompañara a cazar patos, al amanecer. Ese año el frío invierno había comenzado súbitamente hacia el final del otoño.
Su primo era un tipo alegre de cuarenta años de edad, con cabellera roja, muy corpulento y barbudo; un destacado ranchero, semibruto simpático, de disposición feliz y dotado de ese ingenio francés que hace que hasta la mediocridad sea agradable. Vivía en una casa que era mitad posada campestre y mitad hacienda, situada en un ancho valle a través del cual corría un río. Las colinas a la derecha y la izquierda estaban cubiertas de bosques, viejos y majestuosos bosques donde aún permanecían magníficos árboles, y donde se encontraba la más rara especie de aves de caza en aquella parte de Francia. De vez en cuando podían matarse allí algunas águilas, y aves de paso, como las que raramente se aventuran hacia la parte excesivamente poblada del país, invariablemente se posaban entre estos gigantescos robles, como si ellos supieran o reconocieran que algún rinconcito de una arboleda primitiva había permanecido allí para servirles como refugio durante su corta parada nocturna.
En el valle había grandes prados irrigados por zanjas y cercados por hileras de arbustos; entonces, más allá, el río, que hasta aquel punto se había mantenido entre riberas, se expandía en un vasto pantano. Ese pantano era el mejor campo de tiro que él jamás había visto. Era la preocupación principal de su primo, y él lo mantenía como si fuera su propiedad. A través de los juncos que lo cubrían y lo hacían susurrante y áspero, se habían abierto estrechos pasajes, a través de los cuales los botes de fondo plano, empujados y manejados por palos, se deslizaban silenciosamente sobre el agua tranquila, rozándose contra las cañas silvestres y haciendo que los peces veloces buscaran refugio entre las yerbas, y las aves silvestres, con sus puntiagudas cabezas negras, descendieran súbitamente en picado.
El autor sigue diciendo que estaba apasionadamente encariñado con el agua: del mar, a pesar de que éste es demasiado extenso, demasiado lleno de movimiento, imposible de aguantar; de los ríos que son tan hermosos, pero que pasan de largo y huyen lejos; y sobre todo de los pantanos en los que palpita toda la existencia desconocida de los animales acuáticos. El pantano, decía él, es un mundo entero en sí mismo sobre el mundo de la tierra—un mundo diferente, que tiene su propia vida, sus habitantes establecidos y sus visitantes pasajeros; sus voces, sus ruidos, y sobre todo su misterio. Nada es más impresionante, nada es más inquietante, más aterrador, ocasionalmente, que una ciénaga. ¿Por qué un vago terror cuelga sobre estas planicies bajas cubiertas de agua? ¿Es el crujido tenue de los juncos, las luces extrañas del fuego fatuo, el silencio que prevalece en las noches de calma, las quietas neblinas que cuelgan sobre la superficie como un manto; o es el casi inaudible salpicar, tan leve y delicado, sin embargo algunas veces más aterrador que los cañones de los hombres o los truenos del cielo, que hacen a estos pantanos parecerse a países con los que uno ha soñado, países terribles que guardan un secreto desconocido y peligroso?
¡No, continúa diciendo el autor, algo más les pertenece a estos pantanos – otro misterio; tal vez el misterio de la creación misma! ¿Pues no fue en un agua estancada y fangosa, en medio de la fuerte humedad de la tierra mojada bajo el calor del sol, que el primer germen de vida pulsó y se expandió al día?
Llegó a la casa de su primo por la tarde. El clima estaba tan frío que podía congelar hasta las piedras.
Durante la cena, en el gran salón cuyos aparadores, paredes y techo estaban cubiertos de pájaros disecados rellenos con las alas extendidas o posando en ramas a las cuales estaban clavados, — halcones, garzas, búhos, pájaros nocturnos, lechuzas, buitres, falcones. El primo, que estaba vestido con una chaqueta de piel de foca, y se parecía a un animal extraño de algún país frío, le contó los preparativos que había hecho para esa misma noche.
Le dijo que saldrían a las tres y cuarto de la mañana, de modo que llegaran como a las cuatro y media al lugar que él había escogido como punto de espera. En aquel lugar se había construido un cobertizo con pedazos de hielo, de manera que tuvieran alguna protección del viento severo que precede a la salida del sol, un viento tan frío que desgarra la piel como un serrucho, la corta como la hoja de un cuchillo, la pincha como una ponzoña envenenada, la tuerce como unas tenazas, y la quema como el fuego.
El primo, frotándose las manos, dijo que nunca había visto una helada como aquella. A las seis de la tarde la temperatura ya estaba a doce grados bajo cero. El autor de esta historia se fue a la cama tan pronto terminó con su cena, y se quedó dormido con la luz de un fuego brillante encendido en la parrilla.
A las seis de la mañana el primo lo levantó. Se vistió con una piel de oveja y encontró a su primo cubierto con una piel de oso. Después que cada uno se tomó dos tazas de café candente, seguidos de vasos de coñac, salieron, acompañados por un guardabosque y sus dos perros de caza.
Tan pronto como salió afuera, sintió que el frío le penetraba hasta el tuétano. Era una de esas noches en las que la tierra parece que está muerta de frío. El aire congelado se hace palpable y resistente, del dolor que causa; ninguna bocanada de aire lo mueve; está fijo y paralizado; te muerde; te perfora; te seca; mata a los árboles, las plantas, los insectos; aún a los pajaritos, que se desprenden de las ramas y caen en el suelo duro, y se quedan tiesos atrapados por el frío.
La luna, que estaba en su último cuarto menguante y se inclinaba toda hacia un lado, parecía estarse desmayando en medio del espacio, tan débil que no podía menguar, forzada a quedarse allá arriba agarrada y paralizada por la severidad del tiempo. Arrojaba sobre el mundo una luz fría, triste; esa luz moribunda y pálida que ella nos da todos los meses al final de su período.
El autor y su primo caminaban juntos, uno al lado del otro, con sus espaldas encorvadas, sus manos en los bolsillos y sus escopetas debajo de los brazos. Sus botas, que estaban envueltas en lana de manera que pudieran caminar sin resbalar sobre el río congelado, no hacían ruido, y la respiración de los perros formaba un vapor blanco.
Al rato llegaron al borde del pantano, y entraron en una de las veredas de juncos secos que corrían a lo largo del bosque plano.
Sus codos, que tocaban las hojas largas como cintas, causaban un ruido leve tras ellos, y el autor se sintió sobrecogido, como nunca antes lo había sido, por la poderosa y singular emoción que los pantanos causaban en él. Éste en particular estaba muerto, muerto de frío, ya que estaban caminando sobre él, en medio de su población de maleza.
Súbitamente, a la vuelta de una de veredas, él percibió el cobertizo de hielo que se había construido para darles abrigo. Entró en él, y como todavía quedaba como una hora de espera para que los pájaros ambulantes despertaran, el autor se enrolló en su alfombra tratando de mantenerse abrigado. Entonces, descansando sobre su espalda, empezó a observar a través de las paredes vagamente transparentes de aquella casa polar, la luna deformada, que tenía cuatro cuernos. Pero la escarcha de los pantanos congelados, el frío de aquellas paredes, el frío del firmamento, penetraban su cuerpo tan terriblemente que empezó a toser. Su primo se puso inquieto.
Le dijo que no importaba que no mataran muchas aves ese día, pues él no quería que nuestro autor cogiera un resfriado; entonces decidió encender un fuego y le pidió al guardabosque que cortara algunos arbustos.
Hicieron un montón de ellos en el medio del cobertizo, que tenía un hueco en el centro del techo para dejar escapar el humo, y cuando las rojas llamas llegaron a los bloques de hielo claros como el cristal, estos empezaron a derretirse, delicadamente, imperceptiblemente, como si estuvieran sudando. El primo, que había permanecido afuera, lo llamó. Nuestro autor salió del cobertizo y permaneció sacudido por la sorpresa. El cobertizo, en la forma de un cono, parecía un enorme diamante con un corazón de fuego, que había sido súbitamente plantado allí en medio del agua congelada del pantano. Y adentro podían verse dos fantásticas formas, las de los perros, que estaban calentándose cerca del fuego.
Pero un grito peculiar; un grito perdido, ambulante, pasó sobre sus cabezas, y la luz de la chimenea dejó ver a las aves silvestres. Nada mueve a uno tanto, dijo nuestro autor, como el primer clamor de una vida que no se ve, que pasa sobre el aire sombrío tan rápidamente y tan lejos, justo antes de que el primer chispazo de un día de invierno aparezca en el horizonte. ¡A él le pareció, en aquella hora glacial del amanecer, como si ese grito pasajero que se va hacia otra parte en las alas de un pájaro fuera el suspiro de un alma del mundo!
El primo le pidió que apagara el fuego, pues estaba empezando la luz del día.
El cielo, efectivamente, estaba empezando a ponerse pálido, y el vuelo de los patos formaba largas, rápidas estelas que prontamente desaparecían del cielo.
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Un rayo de luz reventó en la noche; el primo había disparado y los dos perros salieron corriendo hacia delante.
Entonces, casi cada minuto, ahora uno, luego el otro, apuntaba rápidamente tan pronto como la sombra de una bandada apareciera volando sobre la maleza. Los perros, jadeantes, pero contentos, recogían a los pájaros sangrando, cuyos ojos todavía, ocasionalmente, miraban a los cazadores.
El sol se había levantado, y el día estaba brillante con un cielo azul, y los cazadores estaban pensando en retirarse, cuando dos pájaros, con sus pescuezos extendidos y sus alas desplegadas, planearon rápidamente sobre sus cabezas. Nuestro autor disparó, y uno de los pájaros cayó casi a sus pies. Era una trulla[3], con el pecho plateado; y, entonces, en el espacio azul sobre él, oyó una voz, la voz de un pájaro. Era un lamento corto, repetido, desgarrador; y el pájaro, el animalito que se había salvado, empezó a volar en círculos en el cielo azul, sobre las cabezas de los cazadores, mirando a su compañera muerta, que el autor de esta historia mantenía en sus manos.
El primo, que estaba con la rodilla al suelo, su escopeta en el hombro, velando ansiosamente al pajarito hasta que estuviera al alcance de su tiro, le dijo a su compañero que él había matado a la pata y ahora el pato nunca volaría huyendo.
El pato ciertamente no huyó; circuló y circuló continuamente sobre las cabezas de los cazadores, y continuó gimiendo. Dice nuestro autor que nunca ningún gemido de sufrimiento le había dolido tanto como aquella súplica desamparada, como aquel lamentable reproche de este pobre pájaro que estaba perdido en el espacio.
Ocasionalmente él volaba bajo la amenaza de la escopeta que seguía sus movimientos, y parecía estar preparado para continuar su vuelo él solo, pero no podía decidirse, y volvía a buscar a su compañera.
El primo le dijo a nuestro autor que dejara a la pata en el suelo, pues el pato no tardaría en acercarse a ella y entonces él lo alcanzaría con el tiro de su escopeta. El pato ciertamente se acercó a ellos sin importarle el peligro, afectado por su amor animal, por su afecto hacia su compañera que nuestro autor acababa de matar.
El primo disparó, y fue como si alguien hubiera cortado el cordón que mantenía al pájaro suspendido en el aire. El pato cayó entre los matorrales y el perro de nuestro autor lo fue a buscar; ya estaba frío, y se lo trajo al cazador.
3Ave palmípeda (que tiene los dedos ligados con una membrana a propósito para la natación) del tamaño de un pato, que nada y se sumerge para coger los peces con que se alimenta.
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Aquí termina este cuento. Pero hay un número de interrogantes que todavía, después de mas de 100 años de haberse publicado, cada lector necesita examinar y buscarle la solución, si es que desea la paz, la felicidad y la prosperidad de sí mismo, de la comunidad que le rodea y de este mundo en el que Dios lo puso a vivir, el cual, según la Sagrada Escritura Cristiana nos asegura, Dios amó tanto que dio a su hijo unigénito para que todo aquel que crea en Él se salve de la tentación y los pecados, y tenga vida eterna.[4] Estas interrogantes son:
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[1] Guido de Maupassant
2 “…Ama a tu prójimo como a ti mismo…” –Stgo. 2:8. “No todos los que me dicen ‘Señor, Señor’, entrarán en el reino de Dios, sino solamente los que hacen la voluntad del Padre Celestial.” –Mt. 7:21
[4] Evangelio según San Juan, capítulo 3, versículo 16.
[5] Destrucción deliberada y sistemática de un grupo racial, político o cultural mediante el exterminio de sus individuos y la desintegración de sus instituciones.
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